
Casi todas las vitrinas me ponen pensativa...
En mi escuela primaria el laboratorio tenía grandes vitrinas y la más espeluznante era la que guardaba un engendrito humano. El receso servía para darnos vueltas y ver por la ventana la tétrica vitrina.
Después de esa vitrina vino otra, ésta era en una mercería cerca de mi casa donde la dueña guardaba toda clase de figuritas hechas con migajón de pan, junto a ella había listones y botones venidos de no sé donde.
La vitrina de casa de Norma también la tengo en la memoria, donde su mamá guardaba su ramo de novia. Al centro de un gran muro colgaba su ramo dentro de una burbuja de vidrio, guardando el recuerdo de su virginidad para que no se empolve.
La moronga, los sesos, los bisteces, el chorizo y el tocino ocupaba gran parte de la vitrina refrigerada e iluminada del abarrotes de mi papá. Junto a esa imagen veo a Kiko, el carnicero, con el mandil eternamente carmesí.
Ayer tuve otra frente a mis ojos, en ella dos gigantescas aletas de tiburón resguardaban de "quiensabeque" a una gallina con huevos de oro.
Definitivamente las vitrinas son motivo de reflexión.